UN HEMBRA PARA UN IMPERIO
TRES AMANTES BAJO EL MAR
Se llamaba Hentzibel y era la Reina de un mundo submarino, perdido en los abisales abismos que situaban la vida de los antiquísimos y colosales Atlantes. Batallas y conflictos varios, la habían apartado demasiado tiempo de su bronceado Paladín Agmón y de Athor, su inseparable Consejero en Artes Amatorias.
Sabían ambos que les esperaría a la noche rociada de cristalina miel de Corintho y así la idea de ser llamados a sus aposentos, exageraria la voluptuosidad de sus atributos.Pero ¿cómo les recibiría?, se interrogaban nerviosos…¿el Amor festejaría un nuevo triunvirato?
Sabedora de sus encantos, dilataba las horas hasta el contacto para que su deseo se desorbitara mientras maquinaba que les recibía con una luz tenue, tras la que dibujar su silueta entre sombras y dispersar pequeñas pistas que les condujeran a Ella.Ese lugar, en el que les aguardaría envuelta en aromas afrodisíacos y decenas de pétalos sobre sus pechos desnudos.
El segundo, como guerrero más impulsivo, decidió preparar el terreno al primero. No en vano se creía fuertemente dotado y creyente, de que su Ama era un crisol de lujuria que precisaba de su sabiduría y experiencia.
Cuando Agmon apareció, lo atrajo con su húmeda lengua para hacerlo cautivo de su esencia y dejar que sus manos se apoderaran de aquellas curvas infinitas, excitadas y sinuosas.Se movía con la gracilidad de una esbelta Anaconda, entre los pliegues del ropaje de su lecho... cautivadora y casi obscena.
Al acercarse Athor al umbral y percibir su aroma, clavó en Ella sus ojos y acabó deshojando cada pétalo, hasta completar esa desnudez que le hechizaba y tatuaba de aquel bermellón carmín.
De pronto su virilidad rozó la piel de la hembra, hasta sentir miles de ráfagas eléctricas sobre su columna dorsal.El experto cazador, cazado por redondeces y refugios chorreantes, acabó siendo literalmente utilizado como reclamo del deseado y expectacular Agmon.
Sin tregua, les atrajo a ambos a su boca e intercambió besos y labios de uno y de otro, hasta que las tres lenguas jugueteaban entre sí.
Recostándose de espaldas con movimientos de reptil, dejó que sus miradas gritaran ese "más y más" que la excitaba con locura, al sentirse atrapada entre esos Adonis esculpidos y entregados a sus deseos.
El desinhibido y entregado Athor, quedó atrapado en la boca de la Dama mientras esta mostraba su anatomía posterior al excitado gigante, para ser llenada de miel con aquel tronco infinito.
Enloquecida, pero también poderosa y enorme como una columna antigua, liberó con estruendosa lujuria millares de quejidos placenteros con los que acabaron empequeñecidos, exhaustos, rendidos y poseídos sin tregua por aquella Hembra heredera de un Imperio.

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