EL MÁS BELLO NENÚFAR




BUENAS TARDES...¿EMPEZAMOS?


Llegó por fin esa mañana, lo que había estado deseando.
Aquella voz, le dijo que una amiga deseaba un excitante y suave masaje.
Una dirección, un teléfono...y todas sus terminaciones nerviosas se erizaron al unísono.
El pantalón se le quedó pequeño, mientras trataba de ordenar en su cabeza todo el meticuloso proceso de masaje.
En el masaje erótico hay que ser ordenado, pero sobre todo carente de brusquedades y pleno en suavidad y delicadeza.
Cuando llegó, timbró y de inmediato se abrió la puerta de la calle.
Al llegar, un escalofrío recorrió su espina dorsal...la puerta estaba entreabierta y sus pulmones se llenaron de un aroma de sándalo muy estimulante.
La estancia disfrutaba de una luz tenue, de una hermosa decoración y de estratégicas velas aromáticas que recordaban al jazmín.
Abrió una puerta de un precioso cristal tallado y la encontró dispuesta como el más bello nenúfar del estanque.
Boca abajo sobre la camilla y cubierta por una mínima toalla negra, esperaba paciente...
No dijo nada...solo una sonrisa picante y un “buenas tardes...¿empezamos?”
Con pantalón y polo de tenis color salmón, se situó frente a su cabeza para trabajar nuca, orejitas, cuero cabelludo, hombros y cuello...la dama ronroneaba como un felino, dando muestras de un placer inmenso.
A continuación, se dirigió a los pies para frotarlos con aquel líquido balsámico y sobresaltarla al mordisquear sus bien cuidados dedos.
Continuó frotando la musculatura dorsal y lumbar, sin poder contener unos dedos que querían esconderse entre las carnes ocultas.
Inevitablemente, el masaje se dirigió hacia glúteos y raíz de muslos, hasta que sus dedos pulgares se escaparon hacia adentro mientras ella abría las piernas, para excitar a su masajista de una manera brutal.
Pasaron 15 minutos de gemidos y palabras de deseo, tras los que la diosa se dió la vuelta en la camilla para taladrar ojos y sexo de aquel que empezaba a ser su esclavo.
Aquellas formas y esa piel exquisita, fue moldeada bajo sus manos hasta que no pudieron más...
Húmedos y desnudos sobre una tarima forrada y blandita, dieron rienda suelta a sus deseos mientras ella comía su sexo como el más dulce de los dulces y él la penetraba con la suavidad de una pluma y la fuerza de una tormenta tropical que los dejó varados y jadeantes a la luz de las velas.

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