UN VIAJE AL PLACER


AL CAPRICHO DE LA TRAMONTANA




Subía la rampa del transatlántico y ahí estaba ella.
Con su pelo cobrizo al viento de la bahía, apuraba sutil pero con avidez, un humeante purito.
Vestía un mil rallas perfectamente dibujado y ella lucía blusa y pantalón de Armani, rematados con una alada pamela.

Un resbalón en el último tramo, hizo captar su atención hasta girar dulce la mirada y clavar curiosa sus ojos ante tan elegante sorpresa.
Estaba acostumbrada a ver compañeros de viaje triviales, de cara escueta y amorfa o de ojos ávidos de carne sin cerebro.
Pasaron la mañana de acomodo de equipajes y camarote, para volver a verse en las cómodas tumbonas del solarium de la piscina.
Ella, ataviada con un traje de baño color carne, presentaba ese cuerpo desnudo que extingue la vida de cualquier mortal.
El, con un mínimo sleep de baño, resaltaba unos atributos que no pasaban desapercibidos al sonrojo de la Dama.
El imán de sus miradas produjo no solo algo físico, sino que generó un instante eterno en el que ambos imaginaron que estaban buceando en el fondo de una piscina, convertida en un lecho marino luminoso y extenso.
Un lecho marino que les vio cortejarse, besarse, abrazarse dulcemente, desnudar sus escasas ropas, entrelazar sus húmedas lenguas, mordisquear todo saliente accesible y penetrar el uno en el otro con la suavidad de una pluma y la potencia de una ola al capricho de la tramontana.
Tras despertar complacida, la Dama se dirigió a el y le dijo:
¿Te gustó?...a mi me pareció muy tierno, mmmm... me encantó...
Perooo...moviendo alegre sus mejillas, insinuó...
Necesito más de tí...me supo a poco.


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